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lunes, 24 de agosto de 2015

El año de la muerte de Ricardo Reis, José Saramago

Se dice que el tiempo no se para, que nada detiene su marcha incesante, es con estas mismas y siempre repetidas palabras que se dice, y a pesar de todo no deja de haber gente que se impacienta con su lentitud, veinticuatro horas para completar un día, imagínese, y cuando se llega después de todo se descubre que no ha valido la pena, el día siguiente vuelve a ser igual, más valdría que saltásemos por encima de las semanas inútiles con tal de vivir una sola hora plena, un minuto fulgurante, si es que el fulgor puede durar tanto.

martes, 25 de junio de 2013

Manual de pintura y caligrafía, José Saramago

Por tanto no hay Dios. Son muchos los modos de saberlo, y me basta el mío. Cuando la imagen antropomórfica de la divinidad se perdió, se perdió todo. Ninguna tentativa hecha después para justificar la inmaterialidad puede realimentar o resucitar las creencias. Buenos dioses eran los griegos que se acostaban en las camas sudadas de los mortales y con ellos fornicaban, bueno era Moloch que demostraba su existencia alimentándose sustancialmente, a la vista de todo el mundo, de carne humana, bueno era Jesús hijo de José que andaba en burro y tenía miedo de morir -pero, acabadas estas historias, que eran historias de gente con su gente, Dios pasó a no tener lugar ni tiempo y no puede conseguir más que Defoe escribiendo y volviendo a escribir la vida de Robinson. Un Dios que no está majestuosamente sentado en las nubes, un Dios a quien no tengamos la esperanza de conocer en persona una y trina, es un Robinson inventado, creador segundo de una religión de miedo que precisaba de un Viernes para ser iglesia.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Claraboya, José Saramago

Silvestre era mayor, hacía hoy lo que ayer: arreglar zapatos. Pero el mismo Silvestre dijo que, por lo menos, su vida le había enseñado a ver más allá de lo que la suela de los zapatos que arreglaba le proponía, mientras que a Abel la vida no hizo más que darle el poder de adivinar la existencia de algo oculto, de algo capaz de otorgarle un sentido concreto a su existencia. Más le valdría no haber recibido ese poder. Viviría tranquilo, tendría la tranquilidad del pensamiento adormilado, como le sucede al común de las personas. «El común de las personas —pensaba—. Qué estúpida es esta expresión. Qué sé yo lo que es el común de las personas. Miro a miles de personas durante el día; veo, con ojos de ver, a decenas. Las veo graves, risueñas, lentas, apresuradas, feas o hermosas, vulgares o atractivas. Y a eso lo llamo el común de las personas. ¿Qué pensará cada una de esas personas sobre mí? También yo voy lento o apresurado, grave o risueño, para algunas seré feo, para otras seré hermoso, o vulgar, o atractivo. A fin de cuentas, también formo parte del común de las personas. También yo tendré para algunos el pensamiento adormilado. Todos ingerimos diariamente la dosis de morfina que adormece el pensamiento. Los hábitos, los vicios, las palabras repetidas, los gestos habituales, los amigos monótonos, los enemigos sin odio auténtico, todo eso adormece. Vida plena… ¿Quién hay ahí que pueda declarar que viva plenamente? Todos llevamos al cuello el yugo de la monotonía, todos esperamos algo, el diablo sabrá qué… Sí, todos esperamos. Más confusamente unos que otros, pero la expectativa es de todos. El común de las personas… Esto, dicho así, con este tono desdeñoso de superioridad, es idiota. Morfina del hábito, morfina de la monotonía… Ah, Silvestre, mi bueno y puro Silvestre, ni siquiera tú imaginas las dosis masivas que has ingerido. Tú y tu gorda Mariana, tan buena que dan ganas de llorar —recordando estos pensamientos, Abel no estaba lejos, él mismo, de ponerse a llorar—. Ni siquiera lo que pienso tiene el mérito de la originalidad. Es como un traje de segunda mano en una tienda de ropa nueva. Es como una mercancía fuera del mercado, envuelta en papel de colores con un lazo a juego. Tedio y nada más. Cansancio de vivir, eructo de digestión difícil, náusea.

Claraboya, José Saramago

Si yo me fuera, ¿lo sentirías?
—Lo sentiría… —murmuró el hijo, perplejo.
—Después te olvidarías de mí…
—No lo sé.
¿Qué otra respuesta debería esperar? Claro que la criatura no podía saber si olvidaría. Nadie sabe si olvida antes de olvidar. Si fuera posible saberlo antes, muchas cosas de solución difícil la tendrían fácil.

martes, 25 de diciembre de 2012

Memorial de Convento, José Saramago

Realmente mejor que esto, que lo hay, solo una mujer en la cama, si es la que uno ama. Como ahora Sietelunas, que ha llegado de compartir el mismo frío y la misma lluvia, con ese olor a mujer que hace subir lágrimas a los ojos de Sietesoles. Estas
cansado, preguntó ella, y basta eso para que el mundo resulte soportable, mas comparado es el cielo. Así viviese Dios con nuestros ángeles.

miércoles, 30 de mayo de 2012

La caverna, José Saramago

Se dice que el tiempo lo cura todo; no vivimos bastante para hacer esa prueba.

(...)

Los momentos no llegan nunca ni tarde ni pronto, llegan a su hora, no a la nuestra, no tenemos que agradecerles las coincidencias, cuando ocurran, entre lo que ellos proponían y lo que nosotros necesitábamos.

(...)

Conozco esas lágrimas que no caen y se consumen en los ojos, conozco ese dolor feliz, esa especie de felicidad dolorosa, ese ser y no ser, ese tener y no tener, ese querer y no poder.

(...)

Lo que se sabe que va a ocurrir en cierta manera es como si ya hubiese ocurrido, las expectativas hacen algo más que anular las sorpresas, embotan las emociones, las banalizan, todo lo que se deseaba o temía ya había sido vivido mientras se deseó o temió.

(...)

Es con lo que es con lo que tenemos que vivir, no con lo que sería o podría haber sido… pero nací con una cabeza que sufre la incurable enfermedad de justamente preocuparse con lo que sería o podría haber sido.

(...)

Creo que hay ocasiones en la vida en que debemos dejarnos llevar por la corriente de lo que sucede, como si las fuerzas para resistir nos faltasen, pero de pronto comprendemos que el río se ha puesto a nuestro favor, nadie más se ha dado cuenta de eso, sólo nosotros, quien mire creerá que estamos a punto de naufragar, y nunca nuestra navegación fue tan firme.

(...)

Ya no tengo edad de esperanzas, Marcial, necesito certezas, y que sean de las inmediatas, que no esperan un mañana que no puede ser mío.

La caverna, José Saramago



Autoritarias, paralizantes, circulares, a veces elípticas, las frases de efecto, también jocosamente llamadas pepitas de oro, son una plaga maligna de las peores que pueden asolar el mundo. Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a uno mismo no fuera la quinta y más dificultosa operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Empezar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrollado del que basta tirar y seguir tirando para llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la segunda, hubiésemos tenido en las manos un hilo liso y continuo del que no ha sido preciso deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible en la vida de los ovillos y, si otra frase de efecto es permitida, en los ovillos de la vida. Puro engaño de inocentes y desprevenidos, el principio nunca ha sido la punta nítida y precisa de un hilo, el principio es un proceso lentísimo, demorado, que exige tiempo y paciencia para percibir en que dirección quiere ir, que tantea el camino como un ciego, el principio es sólo el principio, lo hecho vale tanto como nada.

domingo, 27 de mayo de 2012

Ensayo sobre la ceguera, José Saramago

Buena idea, vamos a probar, y todos se mostraron de acuerdo, que sí que era una buena idea, sólo la chica de las gafas oscuras se quedó en silencio, sin decir nada sobre la pala o el azadón, su manera de hablar eran, por ahora, lágrimas y lamentos, Tuve yo la culpa, lloraba, y era verdad, no se podía negar, pero también es cierto, si eso le sirve de consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego la imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este hombre está muerto y hay que enterrarlo.

El Evangelio según Jesucristo, José Saramago

Jesús muere, muere, y ya va dejando la vida, cuando de pronto el cielo se abre de par en par por encima de su cabeza, y Dios aparece, vestido como estuvo en la barca, y su voz resuena por toda la tierra diciendo, Tú eres mi Hijo muy amado, en ti pongo toda mi complacencia.

Entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía, Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo.

Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazaret y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas. Aún había en él un rastro de vida cuando sintió que una esponja empapada en agua y vinagre le rozaba los labios, y entonces, mirando hacia abajo, reparó en un hombre que se alejaba con un cubo y una caña al hombro. Ya no llegó a ver, colocado en el suelo, el cuenco negro sobre el que su sangre goteaba.