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lunes, 19 de mayo de 2014
La caza del carnero salvaje, Haruki Murakami
Podemos, si así lo deseamos, vagar sin rumbo por el inmenso océano del azar, justamente como las semillas aladas de ciertas plantas revolotean al impulso de la veleidosa brisa primaveral. No obstante, no faltará quien afirme que hay que negar de entrada la existencia de lo que se suele llamar «azar». Punto de vista basado en que lo ya sucedido, obviamente, se ha de dar por ya sucedido, sin más; y, claro está, lo aún ocurrido, obviamente, se ha de dar por ocurrido. En resumidas cuentas, nuestra existencia es una sucesión de instantes aprisionados entre el «todo» que queda a nuestra espalda y la «nada» que tenemos delante. Y ahí no hay lugar para el azar, ni tampoco para lo posible. Aunque, verdaderamente, entre ambos puntos de vista no existe una diferencia esencial. Lo que ocurre aquí –como suele pasar en cualquier confrontación de opiniones- es lo mismo que sucede con ciertos platos: reciben nombres distintos según los países, pero el resultado no varía.
sábado, 7 de julio de 2012
Sputnik, mi amor, Haruki Murakami
A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glorioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era una mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo.
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