miércoles, 13 de noviembre de 2013

Bodas de sangre, Federico García Lorca

No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra y sé que me ahogo, pero voy detrás.

jueves, 25 de julio de 2013

Un árbol crece en Brooklyn, Betty Smith

Dios amado-suplicó-, permíteme ser algo cada minuto de cada hora de mi vida. Permíteme ser alegre. Permíteme estar triste. Que tenga frío. Que esté abrigada. Que tenga hambre, que tenga demasiado para comer. Permíteme andar andrajosa o bien vestida. Que sea sincera o falsa. Que sea franca o mentirosa. Honorable o pecadora. Pero permíteme ser algo en cada bendito minuto. Y cuando duerma, permíteme soñar todo el tiempo para que no malgaste la más mínima porción de vida.

martes, 25 de junio de 2013

Manual de pintura y caligrafía, José Saramago

Por tanto no hay Dios. Son muchos los modos de saberlo, y me basta el mío. Cuando la imagen antropomórfica de la divinidad se perdió, se perdió todo. Ninguna tentativa hecha después para justificar la inmaterialidad puede realimentar o resucitar las creencias. Buenos dioses eran los griegos que se acostaban en las camas sudadas de los mortales y con ellos fornicaban, bueno era Moloch que demostraba su existencia alimentándose sustancialmente, a la vista de todo el mundo, de carne humana, bueno era Jesús hijo de José que andaba en burro y tenía miedo de morir -pero, acabadas estas historias, que eran historias de gente con su gente, Dios pasó a no tener lugar ni tiempo y no puede conseguir más que Defoe escribiendo y volviendo a escribir la vida de Robinson. Un Dios que no está majestuosamente sentado en las nubes, un Dios a quien no tengamos la esperanza de conocer en persona una y trina, es un Robinson inventado, creador segundo de una religión de miedo que precisaba de un Viernes para ser iglesia.

martes, 18 de junio de 2013

El perseguidor, Julio Cortázar

Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades.

viernes, 7 de junio de 2013

miércoles, 20 de marzo de 2013

Niebla, Miguel de Unamuno

Mientras iba así hablando consigo mismo cruzó con Eugenia sin advertir siquiera el resplandor de sus ojos. La niebla espiritual era demasiado densa. Pero Eugenia, por su parte, sí se fijó en él, diciéndose: "¿Quién será este joven?, ¡no tiene mal porte y parece bien acomodado!" Y es que, sin darse clara cuenta de ello, adivinó a uno que por la mañana la había seguido. Las mujeres saben siempre cuándo se las mira, aun sin verlas, y cuándo se las ve sin mirarlas.
Y siguieron los dos, Augusto y Eugenia, en direcciones contrarias, cortando con sus almas la enmarañada telaraña espiritual de la calle. Porque la calle forma un tejido en que se entrecruzan miradas de deseo, de envidia, de desdén, de compasión, de amor, de odio, viejas palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos, toda una tela misteriosa que envuelve las almas de los que pasan.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Claraboya, José Saramago

Silvestre era mayor, hacía hoy lo que ayer: arreglar zapatos. Pero el mismo Silvestre dijo que, por lo menos, su vida le había enseñado a ver más allá de lo que la suela de los zapatos que arreglaba le proponía, mientras que a Abel la vida no hizo más que darle el poder de adivinar la existencia de algo oculto, de algo capaz de otorgarle un sentido concreto a su existencia. Más le valdría no haber recibido ese poder. Viviría tranquilo, tendría la tranquilidad del pensamiento adormilado, como le sucede al común de las personas. «El común de las personas —pensaba—. Qué estúpida es esta expresión. Qué sé yo lo que es el común de las personas. Miro a miles de personas durante el día; veo, con ojos de ver, a decenas. Las veo graves, risueñas, lentas, apresuradas, feas o hermosas, vulgares o atractivas. Y a eso lo llamo el común de las personas. ¿Qué pensará cada una de esas personas sobre mí? También yo voy lento o apresurado, grave o risueño, para algunas seré feo, para otras seré hermoso, o vulgar, o atractivo. A fin de cuentas, también formo parte del común de las personas. También yo tendré para algunos el pensamiento adormilado. Todos ingerimos diariamente la dosis de morfina que adormece el pensamiento. Los hábitos, los vicios, las palabras repetidas, los gestos habituales, los amigos monótonos, los enemigos sin odio auténtico, todo eso adormece. Vida plena… ¿Quién hay ahí que pueda declarar que viva plenamente? Todos llevamos al cuello el yugo de la monotonía, todos esperamos algo, el diablo sabrá qué… Sí, todos esperamos. Más confusamente unos que otros, pero la expectativa es de todos. El común de las personas… Esto, dicho así, con este tono desdeñoso de superioridad, es idiota. Morfina del hábito, morfina de la monotonía… Ah, Silvestre, mi bueno y puro Silvestre, ni siquiera tú imaginas las dosis masivas que has ingerido. Tú y tu gorda Mariana, tan buena que dan ganas de llorar —recordando estos pensamientos, Abel no estaba lejos, él mismo, de ponerse a llorar—. Ni siquiera lo que pienso tiene el mérito de la originalidad. Es como un traje de segunda mano en una tienda de ropa nueva. Es como una mercancía fuera del mercado, envuelta en papel de colores con un lazo a juego. Tedio y nada más. Cansancio de vivir, eructo de digestión difícil, náusea.